Monálogo
El monálogo no es un monólogo ni tampoco es un diálogo. Quienes practican el monálogo suelen ir a caballo entre la razón y la autarquía. Dan por supuesto que su interlocutor asume todas sus decisiones, pues alegan que sólo tomarían decisiones propias y ajenas intrínsecamente buenas y que, en cualquier caso, las toman por "su bien". Aún en el caso que estas decisiones sin consulta previa fueran la alegría de la huerta, todo el mundo suele rechazar de plano la actitud de los monaloguistas. A nadie le sugestiona verse ahogado por una hiedra que se adueña de su propio muro sin olvido ni perdón. Olvido de haber sido condescendiente alguna vez. Perdón de haber mostrado cierta amistosa empatía. El o la monaloguista te deja con la pata quebrada y en casa al empezar las vacaciones para que te cuides tú solita en tu soledad. Cree que la soledad es una peste de la que huyen hasta los pulgones y otros parásitos sin clasificar. Aunque si no lo creyera, seguiría lo mismo huyendo hacia delante por esa remota inercia inducida de haber estado tanto tiempo haciendo lo mismo que el mono del hábito le ha acabado dejando huella. Necesita las vacaciones para recabar nuevas víctimas a las que subyugar. Si existe una eternidad en un grano de arena, él/la monaloguista nunca se ha detenido a pensarlo. Piensa, en cambio que tú y tu muleta os encontraréis perdidos sin su inapreciable ayuda. Os castiga creyendo que esos días maravillosos de ir por la vida sin preocuparse de trabajar se los trae en bandeja el calendario para decirte ahí te pudras, que si no te has muerto, ya me lo contarás. También intenta colocarte al perro enfermo y desatendido para mayor desahogo en lo de dedicarse a hacer las cosas por tu bien. Como si fuera a cambio de todo lo que le debes por haber hecho hasta hoy y sin pérdida de tiempo las cosas por tu bien. En ese preciso punto es cuando a ti se te dispara el oscuro resorte de la composición de lugar y reúnes los cabos sueltos que te parecían caballos desbocados desalentadoramente fuera de tu dominio para arrancar de tus entrañas esa planta hasta ahora inaudible de la voz. Paloma te dijo una vez que los animales sí nos entienden. Tanto, que en muchas ocasiones nos recuerdan a nosotros mismos tanto a propios como a extraños. Es por eso, porque nos entienden, que acostumbran a hacernos preguntas. El perro, afirma con la cabecita. Lo recoge impostando cuatro arrumacos y lo mete en el auto. Adiós, adiós. Que tengáis buen viaje, piensas. No harás más preguntas. Te viene a la memoria Coelho: "Te perdono porque no me quieres y te quiero". La perrita pequeña viene a decirte que si hay jamoncito de pollo para almorzar, se lo pide. -¿Con arroz integral de guarnición o con croquetas veganas?-, le preguntas. Arroz, arroz, escoge. Te lo temías. El pollo lo tienes cocinado de hace un par de horas, pero para el arroz hay que esperar. Recoges el ejemplar de <a href="http://www.revistamongolia.com/nota-de-prensa-de-mongolia/">Mongolia</a> que va por el suelo. Para tener algo de humor que leer lo que tarde en cocerse. Y te vas a la cocina.